CLiC × 4 | Cuatro libros, un problema
Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson; La crisis del capitalismo democrático, de Martin Wolf; ¡Viva el capitalismo, viva la libertad!, de Carlos Cuesta; y El capitalismo de la fragmentación, de Quinn Slobodian, pueden leerse alrededor de una pregunta que acompaña a la economía política desde hace siglos: ¿por qué algunas sociedades consiguen producir riqueza, ampliar las oportunidades de sus ciudadanos y sostenerlas en el tiempo, mientras otras permanecen atrapadas en la pobreza, la desigualdad o el estancamiento? La pregunta parece económica. Sin embargo, estos libros terminan conduciéndola hacia otro territorio: instituciones, libertad, poder y democracia.
La respuesta más inmediata suele buscarse en aquello que un país posee. Recursos naturales, posición geográfica, población, tecnología o capital parecen explicar por qué unas naciones prosperan y otras no. Acemoglu y Robinson cuestionan esa intuición. En Por qué fracasan los países, sostienen que las diferencias de prosperidad dependen en gran medida de las instituciones políticas y económicas que organizan una sociedad. Allí donde las instituciones son inclusivas, existen mayores posibilidades de participación económica, protección de derechos, innovación y movilidad; allí donde son extractivas, grupos reducidos pueden utilizar el poder para apropiarse de una parte desproporcionada de la riqueza y conservar las estructuras que hacen posible ese privilegio (Acemoglu & Robinson, 2012).
La tesis introduce una dificultad importante: un país puede tener enormes recursos y seguir siendo pobre. La riqueza natural no garantiza prosperidad si las instituciones permiten que sus beneficios sean capturados por unos pocos. A la inversa, sociedades con recursos naturales limitados pueden alcanzar altos niveles de desarrollo cuando construyen instituciones capaces de distribuir oportunidades, limitar la arbitrariedad y favorecer la iniciativa económica. La pregunta por la riqueza comienza entonces a convertirse en una pregunta por las reglas bajo las cuales se produce, se distribuye y se disputa esa riqueza.
Pero las instituciones no existen al margen del poder. Acemoglu y Robinson muestran que las instituciones económicas inclusivas difícilmente permanecen durante mucho tiempo sin instituciones políticas capaces de impedir una concentración excesiva de ese poder. Aparece así una relación que resulta central para los cuatro libros: la economía necesita determinadas reglas políticas, pero quienes acumulan poder económico pueden intentar modificar esas mismas reglas.
Martin Wolf sitúa precisamente allí La crisis del capitalismo democrático. Capitalismo y democracia han mantenido una relación extraordinariamente productiva, pero nunca completamente pacífica. El capitalismo distribuye recursos de manera desigual; la democracia distribuye, al menos idealmente, poder político mediante una regla radicalmente distinta: una persona, un voto. En el mercado, algunas personas pueden acumular enormes cantidades de riqueza; en la democracia, esa riqueza no debería traducirse automáticamente en una cantidad equivalente de poder político (Wolf, 2023).
¿Qué ocurre cuando comienza a hacerlo?
La pregunta resulta decisiva. Si la concentración económica permite influir de manera desproporcionada sobre las instituciones, las políticas públicas o la formación de la opinión, la desigualdad deja de ser únicamente una diferencia de ingresos. Puede convertirse en desigualdad de poder. Y cuando una parte importante de la población percibe que el sistema económico distribuye beneficios de manera injusta o que las instituciones responden mejor a unos intereses que a otros, también puede deteriorarse la confianza en la democracia.
La riqueza de una sociedad parece depender entonces de un equilibrio difícil. Necesita mercados capaces de generar innovación, inversión y crecimiento, pero también instituciones suficientemente fuertes para impedir que los resultados del mercado terminen capturando las reglas políticas que lo hacen posible.
¡Viva el capitalismo, viva la libertad!, de Carlos Cuesta, obliga a mirar la discusión desde otra dirección. Su defensa del capitalismo insiste en una asociación que no debería descartarse con facilidad: libertad económica, propiedad, iniciativa individual y prosperidad. Una economía sometida a un control político excesivo puede reducir los incentivos para invertir, innovar y emprender. Desde esta perspectiva, limitar el poder del Estado no significa necesariamente debilitar la sociedad; puede significar proteger el espacio dentro del cual individuos y empresas toman decisiones, asumen riesgos y generan riqueza (Cuesta, 2024).
La tensión con los otros autores resulta fértil. Si Acemoglu y Robinson muestran la importancia de instituciones políticas capaces de evitar la extracción, y Wolf advierte sobre la concentración del poder económico, Cuesta obliga a formular la pregunta inversa: ¿qué sucede cuando es el poder político el que invade excesivamente el espacio económico? El problema deja de admitir una solución sencilla. Una sociedad necesita limitar la concentración privada de poder, pero también debe limitar la capacidad del Estado para controlar arbitrariamente la actividad económica.
Quinn Slobodian introduce una perturbación adicional. En El capitalismo de la fragmentación examina distintas formas mediante las cuales determinadas actividades económicas buscan espacios con reglas particulares: zonas económicas especiales, ciudades privadas, paraísos fiscales y jurisdicciones diseñadas para atraer capital mediante condiciones regulatorias diferenciadas (Slobodian, 2024). La globalización ya no aparece únicamente como integración de mercados; puede producir también una proliferación de espacios que compiten por ofrecer condiciones favorables al capital.
La cuestión adquiere entonces una profundidad política inesperada. Si una empresa o un capital pueden desplazarse entre jurisdicciones buscando aquellas que imponen menos impuestos o regulaciones, mientras los ciudadanos permanecen vinculados a comunidades políticas concretas, ¿quién termina fijando las reglas? La competencia ya no ocurre solamente entre empresas; también los Estados y territorios pueden comenzar a competir entre sí por atraer riqueza.
Aquí los cuatro libros entran en una conversación particularmente intensa. Acemoglu y Robinson sostienen que la prosperidad requiere instituciones inclusivas; Cuesta recuerda que esas instituciones deben preservar un amplio espacio para la libertad económica; Wolf advierte que el capitalismo puede deteriorar la democracia cuando la concentración de riqueza se transforma en concentración de influencia; Slobodian muestra que el capital contemporáneo posee incluso la capacidad de buscar espacios parcialmente protegidos de determinadas decisiones políticas.
La pregunta inicial —de dónde viene la riqueza— comienza entonces a parecer insuficiente. También habría que preguntar qué clase de riqueza se produce, bajo qué reglas, quién puede participar en su creación, quién recibe sus beneficios y qué poder genera su acumulación. Una economía puede crecer mientras sus instituciones se debilitan; una democracia puede ampliar derechos mientras adopta decisiones que reducen dinamismo económico; un Estado puede proteger a sus ciudadanos y, al mismo tiempo, excederse en su capacidad regulatoria; un mercado puede ampliar extraordinariamente la libertad económica y producir concentraciones de poder capaces de condicionar la propia democracia.
No existe, por tanto, una frontera sencilla entre Estado y mercado. El mercado necesita leyes, contratos, propiedad, moneda e instituciones que lo hagan posible. El Estado necesita una economía capaz de producir los recursos con los que financia sus funciones. Y ambos dependen de una cuestión anterior: cómo se distribuye el poder para establecer las reglas bajo las cuales interactúan.
En CLiC × 4, estas cuatro obras permiten que una pregunta aparentemente económica se transforme progresivamente en una pregunta política. La riqueza conduce hacia las instituciones; las instituciones, hacia la libertad; la libertad, hacia el poder; y el poder termina conduciendo inevitablemente hacia la democracia. Ninguno de los libros contiene por sí solo una respuesta suficiente, y precisamente ahí comienza a resultar interesante leerlos juntos.
Porque quizá el problema más importante no sea descubrir por qué unas sociedades consiguen hacerse ricas. Es comprender qué instituciones permiten producir riqueza sin que el poder generado por ella termine debilitando las condiciones políticas que hicieron posible esa prosperidad.
Referencias
Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2012). Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Deusto.
Cuesta, C. (2024). ¡Viva el capitalismo, viva la libertad!. Deusto.
Slobodian, Q. (2024). El capitalismo de la fragmentación: El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia. Capitán Swing.
Wolf, M. (2023). La crisis del capitalismo democrático. Deusto.