Ensayos CLiC | Cuatro libros, un problema
Nunca habíamos dispuesto de tantas palabras para nombrar lo que nos pasa. Ansiedad, estrés, agotamiento, trauma, trastorno, síndrome, riesgo, diagnóstico. Tampoco habíamos contado con tantos conocimientos sobre el cerebro, el cuerpo y la conducta. Y, sin embargo, pocas épocas parecen haber estado tan preocupadas por determinar si sus individuos están bien. La paradoja merece una pregunta: ¿comprendemos mejor el sufrimiento humano o estamos convirtiendo en enfermedad una parte cada vez mayor de la experiencia de vivir?
Vivir en tiempos turbulentos, de Zygmunt Bauman; La era de la ansiedad, de Roberto Palacio; La era del diagnóstico, de Suzanne O’Sullivan; y Antropología de la enfermedad, de François Laplantine, permiten abordar esta pregunta desde cuatro perspectivas que terminan encontrándose. Leídos conjuntamente, desplazan el problema desde el individuo hacia algo mucho más amplio: la relación entre la sociedad que habitamos y las formas en que aprendemos a sufrir, enfermarnos y explicarnos lo que nos ocurre.
Bauman proporciona el escenario. Vivir en tiempos turbulentos significa habitar un mundo en el cual aquello que proporcionaba continuidad —el trabajo, las instituciones, los vínculos, las identidades y las expectativas de futuro— pierde estabilidad. La incertidumbre deja de ser una interrupción ocasional y se convierte en una condición permanente de la existencia (Bauman & Haffner, 2017). Cada individuo debe decidir, adaptarse, anticiparse, reinventarse y asumir como propia la responsabilidad de construir una vida dentro de circunstancias que controla muy poco.
La libertad adquiere entonces una extraña contrapartida: la obligación de acertar.
Es allí donde Bauman encuentra a Palacio. La era de la ansiedad permite pensar una característica decisiva de nuestro tiempo: buena parte de nuestro sufrimiento procede no de aquello que está ocurriendo, sino de aquello que podría ocurrir. La ansiedad anticipa. Convierte el futuro en una presencia inquietante dentro del presente. El ser humano imagina escenarios, calcula riesgos y trata de prepararse para acontecimientos que quizá nunca sucedan (Palacio, 2024).
La pregunta habitual es: ¿por qué estoy ansioso? Estos dos libros juntos permiten formular otra: ¿qué clase de sociedad necesita individuos permanentemente alerta ante lo que puede suceder?
El cambio no es menor. Si la incertidumbre constituye una característica del mundo contemporáneo, ciertas formas de ansiedad no pueden entenderse únicamente mirando hacia el interior del individuo. También habría que mirar las condiciones en las que vive. La precariedad, la competencia, la aceleración, la exposición permanente a información y la exigencia de administrar exitosamente la propia existencia forman parte del paisaje emocional contemporáneo.
Pero cuando el malestar persiste queremos saber qué tenemos. Y pocas cosas tranquilizan tanto como encontrar un nombre.
Aquí aparece La era del diagnóstico. O’Sullivan no niega el extraordinario valor del diagnóstico médico; interroga algo más sutil: nuestra creciente necesidad de clasificar experiencias, comportamientos y sufrimientos mediante categorías diagnósticas. El nombre puede producir alivio porque organiza lo incomprensible y abre posibilidades de tratamiento. Pero también puede modificar profundamente la relación de una persona consigo misma (O’Sullivan, 2025).
Existe una diferencia enorme entre decir «me ocurre algo» y comenzar a pensar «esto que me ocurre define lo que soy».
El diagnóstico, por tanto, no pertenece exclusivamente al territorio de la medicina. También entra en nuestra identidad y en nuestras narraciones personales. Y es justamente en este punto donde Antropología de la enfermedad amplía el problema. Laplantine muestra que la enfermedad nunca es solamente un acontecimiento biológico. Cada sociedad construye maneras de interpretar el dolor, explicar sus causas, imaginar la curación y determinar qué considera normal o patológico. El cuerpo enferma, pero el ser humano interpreta ese cuerpo desde una cultura (Laplantine, 1999).
Los cuatro libros pueden entonces leerse como partes de una misma secuencia: una sociedad produce determinadas condiciones de incertidumbre; esas condiciones participan en determinadas experiencias emocionales; el individuo busca categorías para comprenderlas; y la cultura proporciona los lenguajes mediante los cuales aprende a reconocerse como sano o enfermo.
Esta secuencia conduce a una cuestión especialmente incómoda: ¿puede una sociedad producir malestar y después diagnosticarlo exclusivamente como problema del individuo?
Una persona puede experimentar angustia ante la precariedad laboral, el aislamiento, la competencia, la incertidumbre económica o el debilitamiento de sus vínculos. Pero cuando ese sufrimiento llega a una consulta, quien ocupa la silla es una persona. La sociedad no aparece en la historia clínica. Aparecen síntomas.
Esto no significa negar la enfermedad ni desconfiar de la medicina. Significa algo más exigente: comprender simultáneamente las dimensiones biológicas, psicológicas, sociales y culturales del sufrimiento humano. Tan reduccionista sería considerar toda angustia como producto de la sociedad como convertir cualquier malestar en una patología individual.
Entre esos extremos se encuentra una persona que posee cuerpo y cerebro, pero también lenguaje, relaciones, memoria, expectativas y una época histórica.
Quizá por eso la pregunta más inquietante que dejan estas cuatro obras no sea cuántos trastornos existen, sino qué entendemos actualmente por estar bien. Una sociedad que exige productividad, adaptación, estabilidad emocional, éxito, sociabilidad y capacidad permanente de respuesta puede terminar estableciendo un ideal de normalidad tan exigente que cualquier desviación comience a parecernos sospechosa.
Entonces aparece una última paradoja: podríamos terminar enfermándonos también por el esfuerzo de comprobar permanentemente que estamos sanos.
En el componente Acceso de CLiC, poner estos cuatro libros en relación no pretende sustituir su lectura. Hace justamente lo contrario: construye entre ellos un problema que obliga a regresar a cada obra con nuevas preguntas. Bauman conduce hacia Palacio; Palacio hace necesario leer a O’Sullivan; O’Sullivan encuentra en Laplantine una pregunta que desborda la medicina. El encuentro entre los libros transforma así la biblioteca en un espacio de interrogación.
Y después de ese encuentro queda una pregunta difícil de abandonar:
cuando sentimos que algo no funciona bien dentro de nosotros, ¿estamos seguros de que el problema está solamente dentro?
Referencias
Bauman, Z., & Haffner, P. (2017). Vivir en tiempos turbulentos: Conversaciones con Peter Haffner. Paidós.
Laplantine, F. (1999). Antropología de la enfermedad. Ediciones del Sol.
O’Sullivan, S. (2025). La era del diagnóstico. Ariel.
Palacio, R. (2024). La era de la ansiedad. Ariel.